viernes, 1 de noviembre de 2013

¡Bla!

Palabras. La casa estaba llena de ellas. Flotaban despreocupadas adueñándose del silencio. Se pronunciaban a todas horas, de todos los tipos. Unas eran vacuas y ligeras; otras, las menos, dulces y agradables; las más, insolentes y chillonas. Éstas últimas dominaban descaradas los diálogos del ambiente, parapetadas entre férreos signos de exclamación que les daban cobijo.

Así, los parloteos se hacían cargantes, y las disputas eternas. El más inocente intercambio silábico se tornaba en gritonas mayúsculas que invadían la charla.

Fue así como, con el paso de los años, y sin que nadie se diera cuenta, las palabras indelebles se adueñaron del espacio. Lo que comenzó siendo un pequeño detalle sin resolver se transformó en un problema ingente sin solución. Los vocablos estridentes se amontonaban conquistando el lugar.

La irrupción de expresiones chillonas provocó que los que allí habitaban dejaran primero de verse, luego de oírse y finalmente de escucharse. Hasta que, poco a poco, a pesar de hablar a diario, la comunicación se perdió entre líneas.

Un día, sin más, no pudieron entrar. La casa estaba tan abarrotada de fervientes razonamientos, juicios inamovibles y tiras y afloja que no cabía nada más. Sin palabras, desolados, desistieron, dieron media vuelta y se marcharon en el más absoluto de los silencios.

lunes, 14 de octubre de 2013

Contradicciones

“Una rosa no es algo que eclosiona, se abre y muere. Esa es una descripción pedagógica. Un análisis que mata a la rosa. Una rosa no son estados sucesivos. Una rosa, es una fiesta un poco melancólica.”
Carta a Nelly de Vogüé [Orconte, diciembre 1939]

Era perfecta. Preciosa. Resplandecía y fascinaba a quien pudiera verla. Desprendía un aura atrayente que invitaba a aproximarse para admirar su belleza. Confiadas, se acercaban las moscas a la miel, convencidas de que tal perfección no podía entrañar peligro. Pero era un aura engañosa. En la cercanía mostraba sus garras, tarde ya para las presas, que siempre acababan heridas.

Yo fui una de ellas, sólo una más en una larga lista. Algo especial, eso sí. Mi alta tolerancia al dolor me permitió acercarme sin notar los pinchos, que con el tiempo causaron profundas llagas estoicamente soportadas. Así pues, pude conocerla con mayor detalle, estudiar con más intensidad a aquella mujer extraña que vestía un halo de dulzura y destrucción.

Toda ella era una contradicción. Estados opuestos coexistían en armonía. Desprendía un entusiasmo ilusorio que se diluía en crisis depresivas, usaba alegría para esconder tristeza. Algo así como una fiesta melancólica. Cuanto más risueña se mostraba, mayor era su desaliento. Siempre había gente que se moría por estar con ella, pero su presencia enrarecía el ambiente y terminaba por deprimir al séquito.

La vida y la muerte convivían en su existencia. Jugaba impávida con combinaciones imposibles de drogas y excesos, consciente de andar de puntillas en la cuerda floja. Pero no le importaba. Sólo se sentía viva cuando experimentaba con la muerte. La Parca se respiraba en cada uno de sus poros.

Siempre supe que acabaría así. Visualicé la escena millones de veces en mi cabeza. Yo frente a ella pretendiendo decirle adiós. Sin embargo no era capaz de imaginar cómo le explicaría lo que para mí representaba.

E inevitablemente llegó el momento. Yo frente a ella diciéndole adiós. Pero expresarme fue más fácil de lo que pensé. Compré una rosa roja. Preciosa, vital y alegre; de espinas afiladas, recién arrancada y con destino trágico. Y sin necesidad de palabras, la dejé caer en su tumba, junto a su sobria lápida de mármol rojo.

viernes, 23 de agosto de 2013

De la cordura y otros delirios

Poderosa.
Trato en vano de dominar su fuerza que gobierna cada uno de mis sentidos.
Lucho audaz intentando liberarme de sus neuras y locuras.
La calmo, la arropo.
“Ya, ya…”
Pero allí está ella, negándose a razonar y blandiendo el arma de la demencia.
Es inútil, siempre acaba arrastrándome irremisiblemente a compartir quimeras.
El miedo. Es su favorito.
Me lo inyecta en cada poro y me contamina el alma, que cierra oídos a los argumentos y abre ojos al acecho.
Cualquier pista: un rumor, un destello, una imagen.
Activan sin remedio un complejo mecanismo de defensa.
Palidezco; me duele; me mareo.
Transforma la realidad en un escenario esperpéntico de sombras y negruras.
Lóbrego.
Borroso.

Ella misma es quien me salva.
Cuando decide que ya, que me ha visto sufrir bastante, que ha saciado su crueldad.
Entonces me calma, me arropa.
“Ya, ya…”
Un atisbo de colores.
Se redefine el mundo y se calma mi pulso.
Y vuelvo a la normalidad, repetitiva e insípida, pero tranquila y confortable.
Ella sonríe sabiéndose importante.
Se retira, satisfecha, al rincón de pensamientos, a la cueva de recuerdos y almacén de sensaciones, segura de haber ganado otra batalla, imponiéndose nuevamente a mi lado reflexivo.

martes, 13 de agosto de 2013

Reflexiones de una mujer invisible

Tenía esa habilidad. La de hacerse invisible. Aunque ella no la habría llamado habilidad. Más bien desventaja, lastre, desgracia. Porque ella no quería ser invisible, quería ser normal.

Había que admitir además, que no controlaba su don. Desaparecía cuando menos lo esperaba y se tornaba obvia cuando quería huir. Al menos así lo percibía ella desde su inseguridad de contornos inestables.

Cuando intentaba integrarse entre un grupo de gente, poco a poco sus formas se descolorían hasta desdibujarse por completo, presenciando conversaciones enteras sin que nadie recordara que alguna vez hubo alguien allí. Sus músculos se contraían haciéndola más y más pequeña hasta que, humillada, abandonaba su empeño por encajar.

Si alguna vez, entre el primer indicio de pérdida de color y la última forma transparente, tenía el valor y el tiempo suficiente de articular dos, tres palabras a lo sumo, el proceso de desvanecimiento se detenía en seco. Y allí se visualizaba, como si no fuera ella la que había murmurado, en el centro de la charla, con cientos, miles de pares de ojos clavados sobre ella, que se preguntaban desde cuando había alguien allí. También en estos casos, sus músculos se contraían haciéndola más y más pequeña. Pero su contorno no se diluía en el ambiente, cosa que le habría encantado. Sus líneas se subrayaban en gruesos trazos que permitían visualizarla desde el otro lado del cosmos. Quieta, callada, esperando a que el mundo se olvidara de su presencia mientras se recriminaba “porqué habré dicho esa memez”.

Y así pasó la vida, queriendo estar presente cuando se desvanecía y desaparecer cuando era obvia. Hasta que lo conoció. El brujo sabio de grandes consejos. Fue por casualidad, por un alguien de otro alguien. La esperaba con sonrisa afable y orejas dispuestas. Y en su presencia, ella logró explicarse sin temor, con formas concretas y músculos estables.

– Tus líneas son demasiado endebles – concluyó tras una larga observación– . El cuerpo es sólo la personificación del alma. Y la tuya está débil y vacía.

Abrió uno de sus armarios, y mientras sacaba la pluma más bonita que ella jamás hubiera visto, murmuró:

– Medita, inventa, construye. Observa a tu alrededor, contempla el mundo. Escucha a las personas y analiza su alma. Experimenta, olvídate de tus miedos. Y sobre todo, observa desde tu propia óptica tu vida, tu identidad y tus sueños. Y con todo ello, usa esta pluma para definir tus trazos a la vez que defines tu esencia.

Empezó tímidamente, escribiendo reflexiones con caligrafía insegura en el contorno de un pie. Pero con el tiempo la comodidad se adueñó de ella y con líneas precisas escribió historias, sentimientos, experiencias, sueños, suposiciones y cuentos. La pluma era una extensión de su mano y la tinta fluía para delinear siluetas.

Al cabo de un tiempo, sin previo aviso, la pluma se secó. Asustada, acudió al consultorio del brujo para pedirle un cartucho nuevo. Pero ni había brujo ni consultorio, ambos se habían desvanecido dejando sólo una nota que decía: “Tu alma está ya tan definida como tu figura. Fin del conjuro”.

Perdió su “don” de transparencia. Sus fuertes rasgos contaban historias de sabiduría y destreza y no encogían ni se evaporaban. Dejó de usar la pluma para dibujarse, pero su esencia continuó perfilándose al tiempo que trazó su destino.

domingo, 21 de julio de 2013

La casa de los ventanales blancos

Hoy os presento un post especial. Es mi colaboración en el blog Tus ojos en mi cogote de Akaki y Petra. Cada mes, Akaki empieza un relato inspirado en una pintura, dos colaboradores invitados lo siguen y Petra lo finaliza. Ha sido todo un honor y un placer participar en el blog de estas dos máquinas literarias. ¡Muchas gracias por invitarme!

Este mes, el relato se titula 'La casa de los ventanales blancos', inspirado en 'La tormenta' de Eduard Munch.
 
Aquí podéis leer los dos primeros capítulos de un relato intrigante donde los haya. Y a continuación, mi aportación. La semana que viene, Petra nos contará cómo acaba esta inquietante historia.


Capítulo 3


Una gélida brisa se apoderó del ambiente, a pesar de que, sólo unos segundos antes, el árido clima de la zona acaloraba a los curiosos.

Los tres amigos observaban fascinados, atónitos, tiesos, lo que los ventanales les mostraban y eran absolutamente incapaces de apartar los ojos de aquel brutal espectáculo.

Javier se fijó en las luces. Parpadeaba cegado siguiendo la estela fluorescente. Un juego de luces y sombras que aportaba a la escena apariencia de representación teatral. Y sin embargo parecía bien real. Y él, intrépido y atrevido, sintió el pánico en sus venas y la parálisis en sus músculos. Aún así tuvo el arrojo de aparentar serenidad.
- Coño, qué mal se va a ver esto en las cámaras, no me van a dar un duro.

Iris advirtió el tufo. Sus ojos poco podían decirle pues el parpadeo de incredulidad y la cortina que formaba con sus dedos convertían la visión en una sucesión de imágenes fijas e inconexas. Sería el miedo, pero sus pulmones se llenaron de ese aire espeso con hedor indefinido.
- Esteban – le susurró al oído –, huele a infierno.
Le aferró la mano y decidió que jamás la soltaría.

- ¿Qué mierdas es ese ruido? No me hace ni puta gracia, tíos – gritó Esteban por encima del estruendo. Su mandíbula temblaba y, a diferencia de su amigo, no luchó por ocultarlo. Un bullicio espeluznante, cóctel de aullidos, gritos y quejidos se les metió por el tímpano y se trasladó por la médula, poniendo de punta hasta el último vello de sus cuerpos.

Desde aquel nuevo ángulo, la visión era mucho más amplia de lo que habían observado en los vídeos de Youtube. Parecía que la “obra” se representara para ellos, y apreciaron escenas que los otros asistentes, desde el otro lado, jamás podrían ver.

En un momento de lucidez, Javier decidió levantarse a comprobar los monitores.
- ¡Me cago en la puta! ¡Pero si aquí no se ve nada! ¿Me oís? ¡Eo! ¿Me…?

Tan centrado estaba en la imagen fija que mostraban las pantallas que no se dio cuenta del cambio en la casa. Pero cuando miró a sus amigos para comprobar porqué no se interesaban lo más mínimo en aquello que le haría perder un buen puñado de euros, vio sus miradas perdidas, con una expresión aún más aterrada que la que habían tenido hasta ahora. Javier volvió la cabeza hacia las ventanas y el miedo le empujó hacia el suelo.

Esteban se congeló con ojos desorbitados. Iris volvió la cabeza y se aferró con más fuerza a su mano inmóvil. Javier luchó contra el impulso de salir corriendo con todas sus fuerzas.

Las ventanas se habían abierto de par en par. La visión entera se volvió hacia ellos. Pasaron a ser parte del espectáculo. Se convirtieron en presas.

Eran las 00:00 y el tiempo se había detenido en la explanada solitaria.

jueves, 18 de julio de 2013

Nanorrelatos enlazados: el miedo

Miedo infundido o el melodrama del día a día
¡Hernández! Más dramatismo, coño, que esto parece un informe. Dale sentimiento, añádele un toque trágico. Si hace falta, un par de muertos. Ya sabes qué dice el jefe. Deben quedar muy claros los peligros de destacar.

Miedo a plantarse o virgencita que me quede como estoy
No lo veo claro, Ordóñez. ¿Tú no lees los periódicos? Despuntar es convertirse en el blanco. Ya sé que el cambio de turnos es una putada, pero mejor será que nos quedemos calladitos y conservemos nuestro puesto. Tal como están las cosas…

Miedo a actuar o en boca cerrada no entran moscas
Me alegro de que te hayan hecho entrar en razón. Tú calladito, cariño, estás más guapo. Tu jefe preferirá nuevos trabajadores mansos antes que a los viejos rebotados. Las huelgas no sirven de nada, te lo he dicho mil veces. Que las hagan los que se las puedan permitir.

Miedo al futuro o la caja intimidatoria
Buenas noches. El paro aumenta por doceavo mes consecutivo situándose en la cifra récord de seis millones y medio. Los estudios reflejan que los más afectados son los jóvenes y los mayores de cincuenta. El presidente de la patronal propone medidas: flexibilizar el empleo.

Miedo al no-futuro o cómo ser un hombre de provecho
- ¿Cómo vas a estudiar eso, Juan Luis? ¿No ves que no tiene futuro? – Es lo que me gusta, mamá. Lo que me hace feliz. – Lo que te hará feliz es tener pan para comer. Olvídate de memeces y estudia algo de provecho o irás directo a la cola del paro.

Miedo a ser uno mismo o cómo disfrazarse de “normalidad”
“¿Yo? Económicas” respondió Juan Luis cuando Pedro le interrogó en el patio. Anticipándose, prosiguió, “porque tiene salidas”. Pero aún más delatora fue la réplica silenciosa con que recibió la siguiente inquietud. “¿Pero eso te gusta?”

Miedo al atrevimiento o cómo malgastar una vida
“Odio este trabajo”, pensaba Rafa cada día de su amarga existencia. Lo había probado todo: implicarse más, desentenderse, no agobiarse; deporte, libros de autoayuda, cursos de taichí; flores de Bach, ansiolíticos, drogas... Jamás se había planteado cambiar de trabajo. “¡Si hombre! A buenas horas…”

Miedo a los valores ajenos o el perro del hortelano
Es un trabajo de mierda, pero tiene claro lo que tiene que hacer. “Pero a ver, chata… ¿banca ética? Eso es como decir inteligencia militar” y emite una carcajada socarrona ante su propia ocurrencia que, por otro lado, ni siquiera es suya. “Te lo digo yo, la banca es un negocio, no una ONG y quieren beneficios, como todos”.

Miedo a posicionarse o cómo convertirse en ancla
“¡Qué ilusa!”, “No sirve de nada”, “Pierdes el tiempo”, “Esto sólo se arregla con violencia”, “¿Estos? Aquellos sí que son malos”, “¿Habéis conseguido algo?”, “¡A pico y pala os ponía yo!”, “Deberíais hacer esto y lo otro”, “¡Vándalos, perroflautas!”.

Miedo a la rebelión o un estado policial del s.XXI
Agentes, ¿están en sus puestos? Aguardaremos a una reacción mínima. La orden es dispersar. ¡Como sea! Utilicen su uniforme, impongan. La porra en alto. Bien visible la escopeta. Y si es necesario disparar, ¡disparen! La consigna es alta y clara: aterroricen a los presentes, que no les queden ganas de volver.

Miedo al pensamiento crítico o la maquinaria propagandística en marcha
Ya han oído las declaraciones del ministro de Interior. Se actuará con contundencia contra los antidemócratas que, bajo el amparo del derecho de manifestación, pretenden boicotear la estabilidad política del país y perjudicar la marca España. En otro orden de cosas, destapado un nuevo caso de corrupción en las filas del ejecutivo.

Miedo al cambio o estos son los míos
¡Que no! Que no me convences, niña. Son unos chorizos, pero son los míos. ¿Y los otros? ¡Harán lo mismo o peor! La ocasión hace al ladrón. ¿No lo has visto en la tele? Los políticos son así, mangantes. Así que más vale malo conocido…

Miedo a la verdad o la estafa de las palabras
Prometí máxima transparencia durante mi mandato y se está cumpliendo sin excepciones. Hemos hecho un desnudo de cuentas sin precedentes y tomaremos serias represalias contra cualquiera que insinúe lo contrario.

Miedo a las preguntas incómodas o cómo responder sin nada que decir
Atónito está el presidente ante la pregunta del periodista. “¿Por qué el ministerio de defensa vende armas a países en conflicto violando los tratados internacionales”, y una larga lista de ejemplos que harían saltar los colores de la conciencia más laxa. Pero él es un hombre preparado, se recompone y balbucea un discurso vacío, ensayado y pronunciado una y mil veces.

Miedo al propio miedo o cómo beneficiarse del terror ajeno
Queridos conciudadanos, nos encontramos en estado de shock. El ataque ha sido el más brutal de la historia del terrorismo en este país. Pero sabremos defendernos. Y para ello, necesitamos estar preparados. Cualquier correo electrónico puede ser sospechoso, cualquier carta una amenaza, cualquier llamada una conspiración. ¿Qué es perder un poco de intimidad al lado de salvar nuestra patria?


Se reúnen todos los años desde hace siglos. Antes que ellos fueron sus predecesores y previamente, los predecesores de sus predecesores. Entre humo de puros, sabor a coñac y sonrisas de autosuficiencia garabatean el devenir del destino sin el menor ápice de conciencia. Disponen el tablero cual juego del Monopoly y mueven las fichas a su antojo. Diseñan estrategias, confeccionan situaciones, dibujan la realidad. Todo ello bajo un mismo lema: el miedo. Es su aliado más fiel y lo introducen en el ADN de las naciones desde que el mundo es mundo. Una vez dentro, se convierte en cadenas que aprisionan, en muros que separan y en hilos que manejan. Y así queda todo dispuesto para el próximo año, en el que ellos, o sus sucesores, o los sucesores de sus sucesores, garabatearán el devenir del destino entre humo de puros, sabor a coñac y sonrisas de autosuficiencia. Sin el menor ápice de conciencia.

sábado, 13 de julio de 2013

Puro blanco

Este es un relato que escribí hace ya bastante tiempo (tengan piedad :P) para el concurso Todos Somos Diferentes, que fomenta la denuncia de realidades racistas y xenófobas.

Hace años que no vendo un cuadro.

Hubo un tiempo en el que mis obras eran conocidas mundialmente y mi talento, ampliamente reconocido. Conseguí pintar las más bellas escenas, reflejar rostros perfectos, plasmar sentimiento en mis lienzos.

Sobre mi paleta, miles de colores. Todos diferentes, todos necesarios. Sirviendo cada uno a un propósito. Mezclándose entre ellos para conseguir mil tonos nuevos.

No debí dejarme influir por los demás. Algunas personas a mi alrededor, envidiosas, intolerantes y malintencionadas, comenzaron a infundirme ideas negativas que terminaron por enredar mi razón. El primer objetivo fue el rojo.

- Evoca la desgracia, la ira, el terror. No deberías dejar que enturbiara tu obra.

Al principio me pareció una idea absurda. Pero con el tiempo comencé a creerlo y terminé pensando que tenían razón, y que el rojo no merecía estar en mi paleta.
Con el tiempo, los murmullos se dirigieron al amarillo.

- El amarillo tiene demasiado brillo, eclipsa al resto de colores. No deberías dejar que robe protagonismo al resto de tonos.

Nuevamente, pensé que el amarillo era esencial en mi obra, y que no estaba en absoluto de acuerdo con las acusaciones que contra él se lanzaban. Pero la insistencia y el tiempo, hicieron que finalmente el amarillo acabara siendo también desterrado.

Los ataques a colores se siguieron sucediendo, y después del amarillo vino el negro, por su sobriedad y el rosa por su palidez. El verde por simbolizar la envidia o el azul por su excesiva luz. El naranja, marrón, violeta, gris, …

El único color que las malas lenguas toleraban era el blanco. “Por sugerir pureza, luz, perfección.”

Hace años que no vendo un cuadro. Mis lienzos son completamente blancos. No son puros, ni luminosos, ni perfectos. Reflejan el vacío de la intolerancia.